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Más allá de la felicidad: florecimiento y bienestar según Martin Seligman

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Durante la mayor parte de su historia, la psicología clínica se concentró casi con exclusividad en aliviar el sufrimiento y desarraigar las condiciones incapacitantes de la vida. Si una persona padecía depresión, ansiedad o ira, la labor terapéutica consistía en llevarla a un punto neutro. Bajo el influjo de figuras como Sigmund Freud y Arthur Schopenhauer —quienes sostenían que lo máximo a lo que podíamos aspirar era a reducir la miseria al mínimo—, se asumió tácitamente que, al eliminar el malestar, el bienestar brotaría por sí solo, como si fuera una consecuencia natural.

En Florecer (Flourish), Martin Seligman —expresidente de la American Psychological Association (APA)— cuestiona de raíz ese planteamiento. Al ayudar a un paciente a librarse de la tristeza, la ira y la ansiedad, lo que suele quedar no es una persona feliz, sino una persona vacía.

Para ilustrarlo, Seligman recurre a una metáfora hortícola: desmalezar un terreno es necesario, ya que las malas hierbas ahogan las plantas, pero quitar la maleza jamás hará crecer rosas por sí sola. Para tener rosas hay que abonar la tierra, plantar, regar y suministrar activamente nutrientes. De igual modo, la salud mental positiva no es la mera ausencia de enfermedad o dolor, sino la presencia activa de condiciones que hacen que la vida sea digna de ser vivida. Las habilidades para mitigar el sufrimiento y las habilidades para construir bienestar son cosas totalmente distintas.

La crítica a la «felicidad» y la transición al bienestar

Un núcleo fundamental del libro es el distanciamiento explícito de Seligman respecto a su propia formulación previa en Authentic Happiness (2002). El autor señala que la palabra «felicidad» resulta problemática para la ciencia y la práctica cotidiana: está sobrecargada, ligada casi exclusivamente al estado de ánimo festivo o jovial, y reduce la experiencia humana a un monismo hedonista.

Frente a esta limitación, propone la teoría del bienestar, cuyo objeto no es maximizar una emoción momentánea ni la simple satisfacción subjetiva, sino evaluar y aumentar el florecimiento humano (flourishing).

El bienestar se concibe como un constructo plural compuesto por elementos que las personas libres eligen por su propio valor intrínseco. Seligman los articula en el modelo PERMA:

  • P – Emoción positiva (Positive emotion): Placer, gozo, satisfacción y alegría subjetiva cotidiana.
  • E – Compromiso (Engagement): La absorción total en una actividad y los estados de flujo (flow).
  • R – Relaciones positivas (Relationships): Conexión social profunda y vínculos de afecto; un rasgo indispensable para el éxito y la evolución humana.
  • M – Sentido (Meaning): Pertenecer y servir a algo que se considera superior o más grande que uno mismo.
  • A – Logro (Accomplishment): La búsqueda de maestría, competencia, éxito y consecución de metas por el simple hecho de lograrlas.

A diferencia de la teoría previa —donde las fortalezas de carácter se asociaban únicamente al compromiso—, en la teoría del bienestar las veinticuatro fortalezas y virtudes (como la bondad, el humor, la integridad o la inteligencia social) actúan como el cimiento que apuntala y alimenta los cinco pilares en su conjunto.

De la experiencia individual a la política pública

El análisis de Seligman trasciende el ámbito individual y la autoayuda convencional para proyectarse hacia la estructura social. El bienestar no es solo una vivencia mental interna; combina componentes subjetivos y realidades objetivas. Basar las decisiones colectivas únicamente en el estado de ánimo subjetivo correría el riesgo de derivar en una caricatura como la de Un mundo feliz de Huxley, donde la felicidad se reduce a suministrar euforizantes.

Al revisar investigaciones a gran escala —como el trabajo de Felicia Huppert y Timothy So de la Universidad de Cambridge, que midieron el florecimiento en veintitrés países europeos—, Seligman abre un debate directo sobre los indicadores de desarrollo. Históricamente, las políticas de gobierno se han orientado a partir de métricas económicas como el Producto Interno Bruto (PIB).

Sin embargo, desde la perspectiva del autor, la riqueza material no es un fin en sí misma, sino un medio cuyo verdadero propósito debería ser habilitar las condiciones para una «nueva prosperidad»: una en la que las instituciones, las escuelas y los gobiernos midan su éxito por la cantidad de personas que efectivamente logran florecer.

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