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La primera sesión de terapia: Más que una evaluación, un encuentro humano

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Dar el paso de ir a terapia nunca es sencillo y suele estar cargado de ambivalencia. Quienes consultan rara vez llegan solo con una lista ordenada de dificultades; llegan con historias previas, intentos fallidos, temores y distintas posturas frente a lo que significa pedir ayuda.

Desde la propuesta clínica y teórica de Peter Rober —enmarcada en una mirada sistémica, relacional y dialógica—, la primera sesión no se trata de aplicar un cuestionario rígido ni de apresurarse a poner una etiqueta diagnóstica, sino de construir un encuentro humano y dialógico. Estas son las claves que transforman ese primer contacto en un espacio verdaderamente seguro:

  • Hablar de «preocupaciones», no de «problemas» ni «trastornos»: Las palabras crean realidades. En una familia o pareja rara vez hay unanimidad sobre lo que ocurre; suele haber alguien más inquieto y otros más tranquilos o reticentes. Evitar hablar de «problemas», «síntomas» o «diagnósticos» desde el minuto uno permite no tomar partido y conectar con todos por igual. Además, un terapeuta no promete soluciones mágicas donde otros han fallado; promete algo honesto y cumplible: facilitar una conversación genuina sobre aquello que les preocupa.
  • Conocer a las personas antes que al motivo de consulta: Cuando los adultos relatan lo que anda mal, es común que aparezcan la angustia, la frustración o la culpa, haciendo que los niños o adolescentes opten por callar al sentir que no hay espacio para su propia voz. Por eso, un paso fundamental es pausar momentáneamente la «historia saturada del problema» (White y Epston, 1990) e invitar a cada integrante a presentarse libremente a través de sus gustos, pasatiempos y cotidianidad. Reconocer quiénes somos fuera del dolor protege la identidad y permite que todas las voces tengan cabida desde el inicio.
  • Escuchar las «buenas razones» para dudar: En toda consulta conviven voces que dicen sí a la terapia (quienes buscan alivio) y voces que dicen no (quienes sienten temor o desconfianza, frecuentemente los más jóvenes, que actúan como un «canario en la mina» detectando riesgos emocionales en el ambiente). La duda no es una «resistencia» individual ni un rasgo de personalidad; es una sensibilidad legítima ante un riesgo potencial dentro del sistema familiar, muchas veces ligada a malas experiencias previas. En lugar de presionar o intentar «motivar» a quien no quiere hablar, el trabajo terapéutico consiste en comprender y validar sus buenas razones para dudar, usando incluso la cercanía, el juego y el sentido del humor para bajar la tensión.
  • El valor del vínculo y del diálogo: Más de tres décadas de investigación en psicoterapia confirman que el éxito de un proceso no depende de seguir un protocolo mecánico. Según el clásico modelo de Michael Lambert, mientras que las técnicas específicas explican solo el 15% del cambio terapéutico, el 30% depende de los factores comunes —donde destaca la alianza terapéutica— y el 40% proviene de los propios recursos, fortalezas y el contexto de los consultantes fuera de la sesión.

En definitiva, lo que realmente funciona en psicoterapia es la flexibilidad del terapeuta para estar presente como persona y adaptarse a la historia única de quienes tiene enfrente. La terapia no es un tribunal ni una sala de hospital fría; es un diálogo vivo que navega con respeto entre lo que deseamos contar y lo que aún necesitamos callar, abriendo paso a nuevas formas de escucharnos y acompañarnos.

Para más consultas visita:

https://www.claudiodroguett.cl/

Reserva hora en:

https://encuadrado.com/p/claudio-droguett

Consulta presencial: Calle Montaña 853, Of. 407, Viña del Mar:

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