Viajar en el tren local por la mañana, leer el periódico o despedirse antes de ir a la oficina parecen actos que ocurren dentro de un escenario fijo e incuestionable, pero esa estabilidad que damos por sentada es, en realidad, una obra colectiva en constante producción. En su tratado La construcción social de la realidad, los sociólogos Peter L. Berger y Thomas Luckmann plantean que la realidad se construye socialmente y que la tarea central de la sociología del conocimiento es analizar los procesos por los cuales esto se produce.
Del filósofo al «hombre de la calle»
Para comprender cómo funciona nuestro mundo, Berger y Luckmann definen la «realidad» como una cualidad propia de los fenómenos que reconocemos como independientes de nuestra propia volición (aquellos que no podemos simplemente «hacer desaparecer»). A su vez, definen el «conocimiento» como la certidumbre de que dichos fenómenos son reales y poseen características específicas.
Frente a estos conceptos, las personas adoptan distintas posturas:
- El hombre de la calle: Suele dar por establecidos su «realidad» y su «conocimiento», y no se preocupa por cuestionarlos a menos que le salga al paso algún problema.
- El filósofo: Está obligado profesionalmente a no dar nada por establecido, cuestionando el carácter último de lo real y diferenciando las aserciones válidas de las que no lo son.
- El sociólogo: Se ubica en un punto intermedio al observar que lo que se da por establecido varía enormemente de una sociedad a otra —pues lo que es «real» para un monje del Tíbet puede no serlo para un hombre de negocios norteamericano— y analiza cómo cualquier cuerpo de conocimiento llega a cristalizarse socialmente como realidad.
Lejos de limitarse a la historia de las grandes ideas teóricas o filosóficas, los autores sostienen que la sociología del conocimiento debe enfocarse ante todo en el «conocimiento» del sentido común en la vida cotidiana, ya que este constituye el edificio de significados sin el cual ninguna sociedad podría existir.
El «aquí y ahora» y el poder creador del lenguaje
La realidad de la vida cotidiana se presenta como la «suprema realidad» y se organiza alrededor del «aquí» de nuestro cuerpo y el «ahora» de nuestro presente. Es además un mundo intersubjetivo que compartimos con otros a través de rutinas normales y autoevidentes.
En este escenario, el lenguaje cumple un papel fundamental:
- Proporciona las objetivaciones indispensables y marca las coordenadas de la vida en sociedad llenándola de objetos significativos.
- Tiende puentes entre diferentes zonas de la realidad al trascender el «aquí y ahora» en dimensiones espaciales, temporales y sociales.
- Permite acumular un acopio social de conocimiento que se transmite de generación en generación y estructura la vida cotidiana según lo que resulta relevante para cada individuo y su situación.
La gran dialéctica social: Tres momentos clave
Para Berger y Luckmann, la sociedad posee tanto una facticidad objetiva como un significado subjetivo, lo que se explica mediante un proceso dialéctico continuo compuesto por tres momentos simultáneos: externalización, objetivación e internalización.
- La sociedad es un producto humano (Externalización): A diferencia de otros mamíferos superiores, el ser humano no posee un ambiente específico de su especie estructurado firmemente por sus propios instintos. La inestabilidad inherente a su organismo exige como imperativo que el hombre mismo proporcione un contorno estable a su comportamiento. Así, el orden social no deriva de las «leyes de la naturaleza», sino que existe únicamente como producto de la constante actividad humana.
- La sociedad es una realidad objetiva (Objetivación): Cuando las acciones humanas se repiten, se habitúan y dan origen a la institucionalización. Mientras dos individuos crean una rutina desde cero, su sentido es transparente bajo la idea de «Ya volvemos a empezar», pero al transmitirse a los hijos, la objetividad del mundo institucional «se espesa» y «se endurece» bajo la fórmula «Así se hacen estas cosas». Para explicar y justificar este orden ante las nuevas generaciones, surgen las legitimaciones y los universos simbólicos, que integran todos los procesos institucionales y protegen al individuo frente al terror de las situaciones marginales (como las pesadillas o las crisis). Cuando el ser humano olvida que él mismo produjo este mundo y lo percibe como una facticidad inerte, natural o divina, cae en la reificación.
- El hombre es un producto social (Internalización): El individuo no nace miembro de una sociedad, sino con una predisposición hacia la socialidad. Durante la socialización primaria en la niñez, los «otros significantes» (como los padres) filtran y mediatizan el mundo para el niño, quien lo internaliza no como uno entre tantos mundos posibles, sino como el único mundo concebible. Más adelante, la socialización secundaria introduce al individuo ya formado en nuevos sectores institucionales y «roles» específicos derivados de la división del trabajo.
El diálogo que sostiene nuestro universo
Como la realidad subjetiva nunca es estática y enfrenta continuas amenazas, requiere procedimientos constantes de mantenimiento. Aunque los rituales matinales, los compañeros anónimos del tren y el «coro» de conocidos casuales ayudan a reafirmar la rutina diaria, el vehículo más importante para mantener la realidad es el diálogo.
Nuestra vida cotidiana se sostiene gracias a un «aparato conversacional» que mantiene, modifica y reconstruye continuamente nuestra realidad subjetiva. La mayor parte de esta confirmación ocurre de manera implícita: un simple intercambio cotidiano como «Bueno, es hora de que salga para la estación» y «Muy bien, querido, que tengas un buen día en la oficina» implica y valida silenciosamente todo un mundo dentro del cual esas palabras cobran sentido.
El ser humano está biológicamente predestinado a construir y a habitar un mundo con otros. En esa incesante dialéctica entre la naturaleza y el universo socialmente construido, el hombre produce la realidad y, en el mismo acto, se produce a sí mismo.
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