Las separaciones nunca son sencillas, pero cuando las diferencias entre los adultos se vuelven una batalla continua, quienes más sufren en silencio suelen ser los hijos e hijas. En lugar de señalar culpables únicos o recurrir a etiquetas rígidas como el polémico «Síndrome de Alienación Parental» (SAP), el enfoque de la terapia familiar del psiquiatra Juan Luis Linares nos invita a mirar la situación de una manera más humana y comprensiva: entender que se trata de dinámicas en las que participan ambos adultos cuando el dolor de la ruptura contamina el cuidado de los niños.
Aprender a reconocer estas tensiones a tiempo es el primer paso para proteger el bienestar emocional de los más pequeños.
Salir de la trinchera: más allá de «buenos y malos»
Uno de los aportes más importantes de esta mirada es desmontar la idea de que siempre hay un padre «completamente perverso» y otro «totalmente inocente»:
- El progenitor que convive en el día a día: Al tener la cercanía cotidiana y la custodia, transmite con facilidad sus temores, heridas y reproches hacia la expareja. Sin proponérselo necesariamente con mala fe, logra que los niños hagan suyas esas preocupaciones y sientan la obligación de protegerlo.
- El progenitor que se siente desplazado: Con frecuencia se ve a sí mismo solo como una víctima de la situación o de los juzgados. Sin embargo, muchas veces responde desde la frustración, la rigidez o el reproche constante («¿por qué me hacen esto a mí?»). Al no saber validar las emociones de sus hijos ni reconocer sus propios errores, termina alimentando la distancia que tanto le duele.
Ambas posturas, lejos de solucionar el distanciamiento, encierran a los niños en un fuego cruzado donde sienten que querer a uno significa traicionar al otro.
El dolor detrás de las actitudes parentales
Detrás de las reacciones que alejan a los hijos suele haber emociones difíciles que los adultos no han logrado sanar tras el divorcio:
- La sobrecarga y la entrega absoluta: Madres o cuidadores que se vuelcan por completo en sus hijos sacrificando sus proyectos personales, llegando a sentir que la presencia del otro progenitor es innecesaria.
- El dolor de la pérdida y el desengaño: Cuando no se ha podido elaborar el duelo por el fin de la relación o por lo que se vivió como una injusticia matrimonial, la expareja queda teñida de una mirada negativa que nubla sus capacidades como padre o madre.
- La dificultad de sintonizar emocionalmente: Momentos en los que faltan recursos o calma para acompañar a los hijos con paciencia y ternura, lo que genera confusión o distanciamiento afectivo en el hogar.
La importancia de una presencia cercana y afectuosa
La figura paterna ha evolucionado enormemente: ya no basta con ser un proveedor económico o una figura de disciplina. La crianza actual invita a una presencia afectiva, accesible y cercana.
Cuando un padre construye una relación basada en la calidez, la comunicación abierta, la escucha y límites claros, el lazo afectivo se vuelve mucho más fuerte y resistente ante los malentendidos o el conflicto de la separación. Por el contrario, la ausencia prolongada, la frialdad o intentar resolver las diferencias afectivas a través de trámites judiciales suelen generar desconfianza en los hijos y acelerar el rechazo mutuo.
Un puente hacia el reencuentro
Sanar estos desencuentros requiere que los adultos den un paso al frente con humildad y madurez:
- Escuchar a los niños sin justificarse a la defensiva ni criticar al otro progenitor.
- Expresar disculpas sinceras por los cambios abruptos y por el dolor que la ruptura causó en sus vidas.
- Dejar fuera del conflicto la influencia añadida de familiares cercanos o disputas legales interminables que solo avivan el fuego.
El regalo más grande que dos padres pueden hacer a sus hijos tras un divorcio es darles permiso —con palabras y con hechos— de seguir amando a ambos con total libertad y tranquilidad de corazón.
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